En la segunda mitad del siglo XIX ocurrió algo que transformó la historia del arte occidental sin que nos demos cuenta cuando contemplamos un cuadro impresionista, un cartel modernista o una pieza de diseño contemporáneo.
No hablamos de una técnica ni de un movimiento artístico, sino del acercamiento a un país que llevaba más de dos siglos prácticamente aislado del resto del mundo: Japón.
El país “aislado” que cambió el arte occidental
Entre 1639 y 1853, Japón mantuvo una política de aislamiento conocida como sakoku. Durante ese periodo, el comercio con Occidente se redujo a contactos muy limitados y controlados.
Mientras Europa atravesaba el Barroco, la Ilustración y la Revolución Industrial, Japón desarrollaba una cultura visual muy distinta al margen de las influencias europeas.
La situación cambió en 1853 cuando la llegada de la flota estadounidense obligó al país a abrir sus puertos al comercio internacional. En pocos años, miles de objetos japoneses empezaron a llegar a París, Londres, Viena o Ámsterdam.
Al principio, estos objetos no se consideraban arte. Las estampas ukiyo-e se utilizaban como papel de embalaje para proteger piezas de cerámica durante el transporte. Lo que nadie imaginaba era que esos papeles iban a fascinar a los artistas europeos.
¿Qué tenían aquellas estampas que resultaba tan revolucionario?
Hasta ese momento, buena parte del arte occidental pictórico se realizaba bajo normas muy asentadas:
- Perspectiva lineal
- Modelado mediante luces y sombras
- Búsqueda de realismo
- Composiciones equilibradas y simétricas
Las estampas japonesas rompían esas reglas. Mostraban escenas cotidianas con encuadres distintos, figuras cortadas por los márgenes, ausencia casi total de sombras y una libertad de composición totalmente nueva para las y los artistas europeos.
Los impresionistas encontraron una nueva forma de pintar
Uno de los pintores fascinados por estas obras fue Claude Monet. En su colección personal llegó a reunir más de doscientas estampas japonesas, muchas de las cuales pueden verse en su casa de Giverny.
También Edgar Degas encontró inspiración en estas composiciones, Mary Cassatt incorporó recursos influenciados por el grabado japonés y James McNeill Whistler convirtió esa influencia en uno de los rasgos característicos de su obra.
Vincent van Gogh llegó a copiar algunas de esas estampas para entender cómo trabajaban sus creadores. En unas de sus cartas escribió que contemplar el arte japonés le hacía sentirse más feliz y optimista.
El arte japonés cambió la forma de componer las obras
Puede que este sea el cambio más profundo que experimentó el arte occidental tras la llegada del japonés. Sus composiciones demostraban que una imagen podía estar equilibrada sin necesidad de ser simétrica. Podía haber grandes espacios vacíos.
Por ejemplo, los protagonistas podían aparecer en un extremo o un árbol podía ocultar parcialmente una escena. Incluso una figura podía quedar cortada por el borde del papel.
Hoy estos recursos nos resultan familiares porque ya forman parte de la fotografía, el cine, el diseño gráfico… Pero en el siglo XIX suponían una ruptura radical con siglos de tradición artística europea.
El japonismo fue mucho más que pintura
La influencia japonesa se extendió al resto de disciplinas artísticas.
- En arquitectura aparecieron nuevas formas de entender la relación entre interior y exterior, el uso de la madera, la sencillez de las estructuras y la importancia de la naturaleza en el espacio construido.
- En diseño de interiores se valoraban más los ambientes despejados, los muebles de líneas limpias y la belleza de los materiales naturales.
- Cerámica, vidrio, mobiliario y joyería también se inspiraron en el arte japonés.
Los y las artistas europeos adoptaron una manera distinta de concebir la belleza.
Sin Japón, el Art Nouveau quizá no existiría como lo conocemos
Movimientos tan importantes en el arte occidental como el Arte Nouveau bebieron directamente de la estética japonesa.
Las líneas orgánicas, la integración entre naturaleza y diseño, la importancia del dibujo lineal o la eliminación de elementos superfluos tienen una clara relación con las artes decorativas japonesas.
Artistas como Alphonse Mucha, Toulouse-Lautrec o Klimt desarrollaron lenguajes propios, sí, pero su evolución no se puede entender sin la influencia del japonismo.
Incluso el cartel publicitario moderno debe gran parte de su evolución a esa nueva forma de organizar las imágenes.
Un diálogo que continúa
Aunque la afición por el japonismo fue disminuyendo, sus ideas continuaron evolucionando durante el siglo XX:
Arquitectos como Frank Lloyd y estilos como el diseño escandinavo se inspiraron y compartieron muchos principios que también estaban presentes en la tradición japonesa: armonía con el entorno, funcionalidad, simplicidad, protagonismo de la luz natural, etc.
Hoy esas ideas siguen influyendo en numerosos proyectos, pues la historia del arte no es una sucesión de movimientos que nacen de manera aislada. Muchas de las grandes transformaciones culturales surgen precisamente del encuentro entre civilizaciones distintas.
Más de siglo y medio después de aquella apertura de Japón al mundo, seguimos viendo su huella en el arte occidental en museos, edificios, muebles, carteles y objetos cotidianos.