Estudiar durante horas parece, a primera vista, una estrategia imposible de discutir: si dedicas más tiempo, deberías aprender más. Sin embargo, el cerebro no funciona como una batería que aumenta su rendimiento cuanto más tiempo permanece enchufada. De hecho, puedes pasar cinco horas delante de unos apuntes y recordar menos que después de dos sesiones bien planteadas. La diferencia está en qué haces durante ese tiempo, cuánto consigues concentrarte y, sobre todo, qué ocurre con la información después de estudiarla.
Además, existe una trampa bastante habitual: confundir tiempo sentado con tiempo aprendido. Leer un tema tres veces puede producir una agradable sensación de familiaridad, pero reconocer una página no significa ser capaz de explicar lo que contiene. Por eso, algunas de las estrategias más utilizadas por los estudiantes, como releer o subrayar, no tienen la misma eficacia que recuperar activamente la información o distribuir las sesiones de estudio. Una revisión de referencia sobre técnicas de aprendizaje situó la práctica de recuperación y el estudio distribuido entre las estrategias de mayor utilidad.
Incluso las actividades extraescolares pueden formar parte indirectamente de una buena estrategia de estudio. Parece extraño, pero no todo lo que ayuda a aprender sucede delante de un libro. Dormir, descansar y dejar espacios entre sesiones permite que el cerebro procese la información. La investigación sobre memoria muestra, por ejemplo, que el sueño favorece la consolidación de conocimientos aprendidos, aunque sus efectos concretos dependen del tipo de tarea y del momento en que se estudia.
Estudiar durante horas no significa aprender más
Aquí aparece la primera gran diferencia entre cantidad y calidad. Imagina a un estudiante que tiene un examen de historia el viernes. El lunes estudia dos horas, el martes otras dos, el miércoles hace preguntas sobre los temas y el jueves realiza un repaso breve. Otro estudiante espera hasta el jueves y dedica ocho horas seguidas a leer apuntes. El segundo ha acumulado más horas, pero eso no significa que haya construido una memoria más resistente.
El cerebro necesita algo más que tiempo
La concentración tampoco es infinita. Cuando una persona lleva demasiado tiempo realizando la misma tarea, es más fácil que disminuya su atención y aumenten los errores. Por eso, una sesión de estudio no debería medirse únicamente con un cronómetro. Una hora de trabajo realmente concentrado puede ser mucho más útil que dos horas alternando apuntes, móvil, mensajes y una visita «rápida» a las redes sociales que, misteriosamente, acaba durando 35 minutos.
Además, estudiar todo de golpe tiene otro problema: el aprendizaje masivo favorece en algunos casos el rendimiento inmediato, pero distribuir las sesiones suele mejorar la retención a largo plazo. Una revisión de 254 estudios con más de 14.000 participantes encontró mejores resultados de recuerdo con aprendizaje distribuido que con aprendizaje masivo: alrededor del 47 % frente al 37 %.
- Divide el estudio en varias sesiones: en lugar de intentar aprender un tema completo la noche anterior, reparte el contenido durante varios días. Así introduces espacios entre exposiciones y obligas al cerebro a recuperar información después de cierto tiempo.
- Hazte preguntas en lugar de limitarte a leer: después de estudiar la fotosíntesis, por ejemplo, cierra el libro e intenta responder qué función tiene la clorofila, qué ocurre con el dióxido de carbono y cuál es el papel de la luz. Ese esfuerzo de recuperación es precisamente una de las estrategias con mayor respaldo científico.
- Utiliza los descansos de verdad: descansar no significa cambiar los apuntes por TikTok durante diez minutos. Una pausa puede consistir simplemente en levantarte, caminar, beber agua o permanecer un rato sin recibir nueva información. Incluso periodos breves de reposo tranquilo han mostrado beneficios sobre la consolidación de determinados recuerdos frente a actividades distractoras.
- No confundas subrayar con aprender: marcar medio folio de amarillo puede dejar una sensación fantástica de productividad. El problema es que esa sensación no garantiza recuperación posterior. La investigación sitúa el subrayado y la relectura por debajo de técnicas como la práctica de recuperación y el estudio distribuido.
- Duerme después de estudiar: sacrificar horas de sueño para añadir otra sesión puede ser una mala inversión. La privación de sueño antes y después del aprendizaje se ha relacionado con un peor rendimiento de memoria, aunque la magnitud del efecto varía según las condiciones.
- Mide lo que recuerdas, no las horas acumuladas: esta es probablemente la regla más útil. Si has estudiado 90 minutos pero puedes explicar el tema sin mirar los apuntes, has conseguido algo valioso. Si llevas cuatro horas leyendo y necesitas volver a empezar cada vez que cierras el libro, toca cambiar de método.
En definitiva, estudiar durante horas no es necesariamente malo. Lo que resulta poco eficaz es asumir que acumular tiempo equivale automáticamente a aprender. La evidencia apunta hacia sesiones distribuidas, recuperación activa, descansos adecuados y sueño suficiente. Por tanto, si tuviera que elegir entre estudiar más y estudiar mejor, elegiría claramente lo segundo: estudiar durante horas solo merece la pena cuando esas horas realmente están produciendo aprendizaje.